En México se hace justicia a los más pobres y olvidados: López Obrador

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Discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador en el 125 Aniversario del Natalicio de Carlos Pellicer Cámara

Este 16 de enero en la celebración del 125 Aniversario del Natalicio del maestro Carlos Pellicer, les comparto este texto que escribí con este motivo.

Cuando conocí al maestro Carlos Pellicer ya era un hombre grande en toda la extensión de la palabra.  Se trataba de un escritor consagrado al que Gabriela Mistral había distinguido llamándolo “El poeta de América”.

Entre sus muchas aportaciones al arte y la cultura, fundó el Museo Arqueológico de Tabasco en la época del gobernador Francisco J. Santamaría. Sobre la creación de este museo hay una anécdota graciosa e importante: el 28 de abril de 1952, el maestro Pellicer le escribe al gobernador Santamaría, en un tono de sutil reproche, diciéndole que como no hay dinero para terminar los cuatro salones faltantes y concluir el museo a finales de junio, ha decidido regresar a la Ciudad de México, textualmente le dice: “en el entendido de que tan pronto como ustedes se recuperen económicamente yo volveré con la alegría que he demostrado a ponerme al frente de la organización de nuestro hermoso museo”. 

Más tarde, el 20 de agosto de 1952, el gobernador, también maestro en letras e igualmente simpático, le contesta: “Querido Vate: Tengo el gusto de calmar tus inquietudes espirituales por medio de una receta por $5,049.11 (cinco mil cuarenta y nueve pesos once centavos) que en una pastilla, vulgo cheque, medicina u específico original del Dr. Santamaría, te envío para ser despachada por la farmacia del Banco Nacional de Méjico. Espero tu recuperación i pronto retorno i abrázote afectuosamente para que cesen tus lágrimas i adviertas que no nos rajamos.” 

Poco después, el maestro Pellicer consiguió trasladar las esculturas monumentales de la cultura madre, de la cultura olmeca, de La Venta, Huimanguillo, Tabasco, para inaugurar el 4 de marzo de 1958 en un terreno de ocho hectáreas a la orilla de la laguna de las Ilusiones de Villahermosa, uno de los más espléndidos y originales museos del mundo; casi al mismo tiempo, creaba el museo de Palenque, trabajo por el cual el arqueólogo Alberto Ruz le envió con una carta adjunta el pago de “sus simbólicos honorarios” de mil 473 pesos. 

Asimismo, el maestro Pellicer participó en la fundación de otros museos como el de Tepoztlán, Morelos y el de su amiga Frida Kahlo, inaugurado en julio de 1958; así como el museo regional de la Universidad de Sonora, en 1957. En esa ocasión, hallándose en Hermosillo, escribió el poema sobre la huelga de Cananea. Ese que dice:

Cananea, Cananea

de tus tiros partieron

los primeros alientos de una aurora

que no ha dado la luz que necesito

para decir, de pueblo en pueblo,

que ya no hay tuberculosis producida por hambre

ni banquete de bodas de ciento diez mil pesos…

Aun cuando el maestro Pellicer defendió el arte en libertad, no por consigna, siempre vinculó su labor intelectual y su obra creativa con la actividad política. En su juventud fue activista en la campaña presidencial de su maestro José Vasconcelos, cuando el maximato callista; participó en las brigadas internacionales que fueron a España a defender la república de la sublevación franquista.

El maestro Pellicer se desempeñó por muchos años como presidente del Comité en Defensa y Solidaridad con el pueblo de Nicaragua durante la dictadura de Somoza, y se manifestó y repartió volantes a la llegada a la Ciudad de México del presidente John F. Kennedy en protesta por la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba.

En fin, cuando conocí al maestro Pellicer yo estudiaba la preparatoria en Villahermosa y él era un hombre talentoso y de probadas convicciones humanistas y libertarias.

Lo vi por primera vez en el antiguo Museo de Tabasco, ubicado en la Plaza de Armas de Villahermosa; vivía –porque era un hombre humilde, estoico– debajo de una escalera, allí tenía su catre y una caja como buró; lo recuerdo con su camisa de manta, huaraches, sombrero y lentes negros. El trato más cercano y constante lo tuvimos cuando me trasladé a la Ciudad de México para estudiar Ciencias Políticas en la UNAM; corría el año de 1973, que me marcó para siempre porque sentí a profundidad la desdicha del golpe de Estado contra el presidente de Chile, Salvador Allende, víctima de la dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet. 

Contaré algunas de muchas anécdotas que guardo de esos tiempos del maestro Pellicer. 

Recuerdo que en una navidad fui a visitarlo a la calle de Sierra Nevada en las Lomas de Chapultepec, y luego de hablar de asuntos políticos, de piezas arqueológicas que llenaban su casa, falsas o auténticas pero bellísimas, y del nacimiento que año con año montaba para el disfrute de muchos; al despedirme me entregó un rollito de billetes que fueron mi felicidad porque, en esos tiempos, como decíamos, traíamos hambre vieja. 

Aunque no era mucho, el dinero alcanzó para invitar a Isidoro Pedrero Totosaus, a Ever Sánchez Alejandro, a Carlos Cerino Marín, David Izquierdo Mayo y otros amigos, a comer gallina con rabadilla en los famosos “Caldos Zenón”, ubicados cerca de la calle de Violeta, en la colonia Guerrero, donde vivíamos 80 jóvenes becados con hospedaje y de vez en cuando o de manera periódica, alimentación en la Casa del Estudiante Tabasqueño.

Tampoco podría olvidar la vez que lo acompañé a una entrevista con el ingeniero Leandro Rovirosa Wade, quien era entonces secretario de Recursos Hidráulicos y fue, posteriormente, gobernador de Tabasco. La audiencia tenía como propósito conseguir que se hicieran bordos y muros para proteger de inundación al nuevo museo que se estaba construyendo a la orilla del río Grijalva; en esa ocasión, por mi imprudencia juvenil y por mi radicalismo, cuestioné fuerte, duro al ingeniero Rovirosa por lo del Plan Chontalpa.

Sin embargo, el ingeniero Rovirosa, como gran ser humano que era, me tuvo paciencia, fue compresivo y tolerante, como lo sería después cuando fui director del Centro Coordinador Indigenista Chontal durante su gobierno. A la salida de la oficina del ingeniero Rovirosa, en un tono serio, simulando enojo, el maestro Pellicer me expresó “a usted don Andrés –porque así me decía–  no lo vuelvo a traer a estos acuerdos”.

Por esos tiempos hicimos un viaje inolvidable de Villahermosa a las cascadas de Agua Azul en Chiapas, en compañía del periodista Julio César Javier Ruiz, ya finado, conocido como el “pochitoque” –en Tabasco es común que a todos nos pongan apodo– también nos acompañó Carlos Sebastián Hernández, director del Museo de Tabasco. En todo el camino fue risa y risa, carcajadas del maestro por las ocurrencias y la picardía tabasqueña de Julio César, quien manejaba su auto y llevaba la batuta de la conversación, aunque Carlos Sebastián le hacía segunda en el mismo tono. Pienso que nadie rompía mejor la solemnidad, real o fingida, que siempre caracterizó al maestro Pellicer, y nadie lo ponía de tan buen humor como Julio César, con su ingenio y sus cuentos colorados. De regreso de Agua Azul pasamos a cenar a Palenque en el restaurante de mis padres.

Cuando lo nombraron candidato a senador por Tabasco tuvimos alguna diferencia, pues según yo, como lo sostuvo entonces el ingeniero Heberto Castillo, el maestro Pellicer “había dado su brazo a torcer”. 

Recuerdo que el día del destape o nominación, en el Ovaciones de la tarde, el gran novelista Juan Rulfo, no sé todavía si con autenticidad o ironía, declaró que con el maestro Pellicer como senador le iría muy bien a México, o algo por el estilo; cuando vi al maestro le pregunté, con ánimo de provocarlo, de picarlo, si sabía de lo dicho por Rulfo, si había visto la entrevista, y haciéndose el desatendido con su vocerón y seriedad fingida, me reviró: “¿y quién es ese?”.

Finalmente, estuve con él en 1976, en la campaña por los pueblos de Tabasco; su sincero deseo de servir a los más pobres era evidente, real; repetía y repetía: voy a ser senador de los chontales. Desde antes de tomar posesión del cargo de senador, planteó que iba a vender su colección de paisajes de José María Velasco, valuada en 7 millones de pesos, de aquellos tiempos, y que con ese dinero se haría una fundación o fideicomiso para ayudar a los pueblos indígenas de Tabasco. Sin embargo, poco después entraron a su casa, maniataron a Chavelita, su fiel acompañante y ama de llaves, y se robaron las pinturas; a partir de entonces se entristeció mucho y cayó en cama. 

Unos días antes de morir lo visité. Estaba postrado, pero platicamos; tenía la esperanza de recuperarse; me pidió vernos dos días después con el propósito de buscar una alternativa para lo del fideicomiso para los pueblos chontales; le dije que no se preocupara, que primero era su salud, y él me insistió porque realmente tenía la preocupación por la gente pobre. Por la mañana del 16 de febrero de 1977, día en que volveríamos a encontrarnos, me enteré que había muerto.

Termino diciendo que unos meses ante de su partida, en una entrevista, había confesado: “yo fui político de calle durante toda mi vida. Soy socialista y creo en la igualdad de los humanos. Me entristece la pobreza de la mayoría y la riqueza de unos cuantos. Pienso que poco a poco el mundo entero y, por supuesto, México, alcanzarán la justicia”.

Creo que mi maestro se sentiría orgulloso de saber que en su tierra, en su agua y en todo el país, seguimos trabajando con la misma convicción de siempre: la de no hacerle mal a nadie y atender de manera preferente a los pobres y a olvidados de México.

Muchas gracias.

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